Hace seis años, mi vida dio un giro radical: de un momento a otro, quedé sin poder caminar. Aquello que parecía el final de mis proyectos cotidianos se convirtió, en realidad, en el comienzo de un camino interior muy hondo: un proceso físico, espiritual y emocional de reconstrucción paso a paso.
En los meses y años de mayor incertidumbre, cuando el dolor y la inmovilidad amenazaban con apagar todo, fue la oración, el silencio contemplativo y la música sacra ancestral lo que sostuvo mi corazón. Entendí que la fe no es la ausencia de dificultades, sino la certeza absoluta de que nunca estamos solos y de que, con Dios, siempre hay una recuperación posible.
«En el silencio del alma, donde las palabras humanas ya no alcanzan, el canto sagrado abre una puerta directa hacia el consuelo de Dios.»
Conforme comencé a dar pequeños pasos y a recuperarme lentamente, sentí en el alma la necesidad de volver a sentirme útil, de no quedarme con ese consuelo para mí misma, sino de devolverle a los demás una parte de lo que a mí me salvó. Quise crear un refugio donde cualquier persona que esté atravesando dolor, enfermedad, angustia o sequedad espiritual pueda encontrar paz.